30.7.06

"O mio babbino caro"

En mayo tuve la oportunidad de escuchar dos óperas cortas en puestas universitarias y en inglés: Gianni Schicci de Puccini y The Medium de Menotti.
Así me enteré de la existencia de "O mio babbino caro", una de las melodías más famosas de Puccini.Un placer. Los invito a disfrutar dos versiones aquí. ...SEGUIR LEYENDO...

16.7.06

Mailer a la marcha

Reflexiones de Norman Mailer al comienzo de la marcha que relata en "Los ejércitos de la noche":

Era todo un muestrario de indumentarias híbrido entre la historia y los comics, entre la leyenda y la televisión, entre los arquetipos bíblicos y el mundo del cine. La visión de aquella tropa, de aquel ejército de millares de disfraces, se ajustaba a la perfección a la más vieja idea de la guerra de nuestro General, que postula que cada hombre se vista como le venga la gana a la hora de entrar en combate, porque está en su derecho, y la variedad no ha de menoscabar el brío de los mejores hombres de cada batallón (estos se contaban por millares, con cazadoras a cuadros, pantalones de pana, tejanos...¡listos para el ataque!). Si la visión de tal mascarada carecía de la usual y festiva connotación de 'damas disfrazadas en el salón y niños famélicos en la calle', no era sólo por lo raído de los trajes (gran parte de ellos sin duda eran usados por los hippies diariamente), sino también porque la estética había irrumpido al fin en la política: el baila de disfraces se aprestaba a la batalla. Sin embargo había pesadillas bajo el júbilo de aquellos fugitivos de hogar de clase media, de aquellos cruzados que se disponían a embestir con menos adiestramiento que los ejércitos medievales contra el duro meollo del país de la tecnología. La pesadilla estaba en el eco de los 'viajes' que habían quebrado su sentido del pasado y del presente. Si la naturaleza era un velo cuyo tejido había sido desgarrado por la electricidad estática, los bramidos de los reactores, las redes de carreteras en los suburbios, las nieblas preñadas del humo, la defoliación, la polución de las aguas, la sobrefertilización de la tierra, la antifertilización de las mujeres y las radiaciones de dos décadas de experiencias atómicas casi a ciegas, acaso la historia del pasado era también otro tejido--sin duda espiritual, sin encarnación física, a menos que ésta se diera en los jeroglíficos cuneiformes de los cromosomas (¡tan parecidos a la escritura primitiva!)--, pero un tejido--bien rastreable en la carne o palpable tan sólo en el inframundo colectivo del sueño-- que estaba siendo bombardeado por el uso del LSD tan escandalosamente como el atolón de Eniwetok, Hiroshima, Nagasaki y el follaje abrasado, huecos ocupados un día por la realidad psíquica de una era pretéritaa. Mailer se vio asaltado por la pesadilla de que los males del presente no sólo devastaban el presente, sino que consumían el pasado y amenazaban con demoler territorios enteros del futuro. Los mismos villanos que, promiscua y lasciva y despreocupadamente, se habían entregado al LSD y habían consumido Dios sabe qué vitales médulas de la historia, que llevaban sobre sus espaldas, cual trofeo de su glotonería, la historia de todas las eras, avanzaban ahora (¿espoleados por la contradicción?) a guerrear contra aquellos otros villanos, los villanos de las sociedades anónimas que hoy destruían la promesa del presente con su fariseísmo y su codicia y su secreta apetencia (a menudo desconocida para ellos mismos) de cierta variante sexo-tecnológica de neofascismo.
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