La comunión en "Despertando a la vida"
A partir de la premisa “el sueño es destino” y con algunos tangos sonando de fondo, el personaje principal de la película Despertando a la vida realiza, durante una hora y media, un tour urbano y filosófico. Recorre Nueva York para escuchar y hablar con distintos personajes. Cada cual sirve para presentar un problema filosófico específico, o una perspectiva distinta a un mismo problema. El existencialismo, el caos, la evolución, el tiempo, el cine, el lenguaje, la vida, la muerte y, sobre todo, los sueños, son algunos de los tantísimos temas que se tratan a lo largo del film. En Despertando a la vida no se encuentran respuestas, sino, simplemente, las preguntas que la filosofía, y otras disciplinas afines, se han hecho a lo largo de la historia.
En una de las primeras escenas (exactamente, en el quinto encuentro que vive el personaje), una mujer empieza a reflexionar acerca de la capacidad creadora del hombre. Le explica al protagonista que las creaciones humanas son la consecuencia de la imperfección humana y del estado de frustración y lucha en el que se encuentra el hombre. De esta manera, se detiene a considerar el caso del lenguaje. Según su razonamiento, el lenguaje es creado por el hombre a causa de su “deseo de trascender el aislamiento”. Es decir, que los hombres, concientes de su soledad convienen una forma de comunicación para vencerla.
La interrogante que se genera en la mujer es qué sucede con los términos abstractos: “¿Cómo se entiende el amor? ¿Y la ira?”. Lo que se pregunta es cómo puede ser que, luego de que pronuncie los sonidos a-m-o-r, el protagonista entienda lo mismo que ella. La interrogante se acrecienta con su consideración acerca de que “las palabras son inertes, son símbolos, están muertas” y de que “gran parte de nuestra experiencia es intangible”. Así llega a una conclusión, que no se detiene a desarrollar, en la que explica que la comunicación es posible gracias a lo que ella llama “comunión espiritual”.
Una cuestión similar aparece ilustrada hacia el final del film: el protagonista recorre solo una calle oscura, comienza a descender por una escalera de subterráneo y en el descanso choca con una muchacha que sube hacia la calle. Intenta seguir descendiendo pero la joven lo frena y le dice: “no quiero ser hormiga”. Según esta mujer las personas no estamos acostumbradas a tener acciones humanas, sino de hormiga. Es decir que su planteo apuntaría más hacia el hecho de que como no nos comunicamos, no intentamos trascender nuestra soledad. Según dice esta muchacha, el hombre no hace lo que dice D.H. Lawrence: “aceptar la confrontación entre almas”, sino que se mueve como las hormigas, que se chocan y siguen su camino.
Pero si volvemos atrás la cinta, nos encontraremos con un diálogo en el que no participa el protagonista, pero que resulta muy interesante. Un hombre y una mujer se encuentran bajo las sábanas de su cama y comienzan a plantearse interrogantes acerca de la vida y la muerte. En un momento la mujer afirma que la reencarnación es la “expresión poética de la memoria colectiva”. Su consideración indica que cada nuevo miembro de una especie nace con una memoria de la misma antigüedad de la especie. Es decir, que entiende que ciertos sabéres humanos son compartidos por todos de manera innata. Es ésta una respuesta alternativa a la de la primera mujer, quien, en cambio, se refería a la “comunión espiritual”.
De alguna manera, el aporte que realiza el hombre desde la cama, es más coincidente al de la mujer del principio. Su reflexión acerca de la memoria colectiva entiende “como si todos compartiéramos nuestras experiencias telepáticamente”, es decir, se refiere a una comunicación que no precisa del lenguaje.
La cuestión es compleja y el film no pretende plantear una única solución. Aquí sólo hemos citado unos pocos fragmentos y hemos intentado extraer algunas ideas de una película mucho más vasta. Despertando a la vida es una experiencia estética maravillosa (ya que ha sido creada con filmaciones digitales y pinturas a mano) y un ejercicio del pensamiento sumamente provechoso.
En una de las primeras escenas (exactamente, en el quinto encuentro que vive el personaje), una mujer empieza a reflexionar acerca de la capacidad creadora del hombre. Le explica al protagonista que las creaciones humanas son la consecuencia de la imperfección humana y del estado de frustración y lucha en el que se encuentra el hombre. De esta manera, se detiene a considerar el caso del lenguaje. Según su razonamiento, el lenguaje es creado por el hombre a causa de su “deseo de trascender el aislamiento”. Es decir, que los hombres, concientes de su soledad convienen una forma de comunicación para vencerla.
La interrogante que se genera en la mujer es qué sucede con los términos abstractos: “¿Cómo se entiende el amor? ¿Y la ira?”. Lo que se pregunta es cómo puede ser que, luego de que pronuncie los sonidos a-m-o-r, el protagonista entienda lo mismo que ella. La interrogante se acrecienta con su consideración acerca de que “las palabras son inertes, son símbolos, están muertas” y de que “gran parte de nuestra experiencia es intangible”. Así llega a una conclusión, que no se detiene a desarrollar, en la que explica que la comunicación es posible gracias a lo que ella llama “comunión espiritual”.
Una cuestión similar aparece ilustrada hacia el final del film: el protagonista recorre solo una calle oscura, comienza a descender por una escalera de subterráneo y en el descanso choca con una muchacha que sube hacia la calle. Intenta seguir descendiendo pero la joven lo frena y le dice: “no quiero ser hormiga”. Según esta mujer las personas no estamos acostumbradas a tener acciones humanas, sino de hormiga. Es decir que su planteo apuntaría más hacia el hecho de que como no nos comunicamos, no intentamos trascender nuestra soledad. Según dice esta muchacha, el hombre no hace lo que dice D.H. Lawrence: “aceptar la confrontación entre almas”, sino que se mueve como las hormigas, que se chocan y siguen su camino.
Pero si volvemos atrás la cinta, nos encontraremos con un diálogo en el que no participa el protagonista, pero que resulta muy interesante. Un hombre y una mujer se encuentran bajo las sábanas de su cama y comienzan a plantearse interrogantes acerca de la vida y la muerte. En un momento la mujer afirma que la reencarnación es la “expresión poética de la memoria colectiva”. Su consideración indica que cada nuevo miembro de una especie nace con una memoria de la misma antigüedad de la especie. Es decir, que entiende que ciertos sabéres humanos son compartidos por todos de manera innata. Es ésta una respuesta alternativa a la de la primera mujer, quien, en cambio, se refería a la “comunión espiritual”.
De alguna manera, el aporte que realiza el hombre desde la cama, es más coincidente al de la mujer del principio. Su reflexión acerca de la memoria colectiva entiende “como si todos compartiéramos nuestras experiencias telepáticamente”, es decir, se refiere a una comunicación que no precisa del lenguaje.
La cuestión es compleja y el film no pretende plantear una única solución. Aquí sólo hemos citado unos pocos fragmentos y hemos intentado extraer algunas ideas de una película mucho más vasta. Despertando a la vida es una experiencia estética maravillosa (ya que ha sido creada con filmaciones digitales y pinturas a mano) y un ejercicio del pensamiento sumamente provechoso.



