Alan Pauls, el cansancio, el final de "2001"
¿Escribe "bien" Alan Pauls? ¿Ha entrado o entrará algún día al canon de la narrativa argentina? En El pasado, la novela por la que recibió el Premio Herralde, construye un texto plagado de metáforas, paralelísmos, reflexiones e intertextos. Aquí, un fragmento de la mencionada obra, en el que Pauls no escatima palabras para ahondar en la experiencia de Rímini, el personaje central.
"Un cansancio inmenso lo paralizó. No era una cuestión de sueño; tampoco tenía que ver con que hubiera liquidado en dos horas el trabajo que a la profesional de limpieza más expeditiva le habría llevado seis. Era una fatiga inmemorial, histórica, que traducía a eras el puñado de décadas que llevaba vividas y sus últimos días a siglos. Tal vez ése fuera el verdadero cansancio mortal, el único que justififcaba la expresión Estoy muerto –el tipo de cansancio en el que se embarcaban los viejos para ir hacia el fin, o que los empujaba a desearlo con las pocas fuerzas que les quedaban. Sí: era un octogenario –y recordó una escena del final de 2001: Odisea del espacio, cuando, sin nada que lo anticipe, por un simple corte de montaje, el viaje del astronauta y la aceleración psicodélica que lo arrebata dan lugar a un silencioso plano general de una habitación amplia, de paredes muy blancas, tanto que parecen rellenas de luz, en cuyo centro hay una cama y en la cama un hombre, un hombre sentado, inmóvil, en bata y tapado hasta la cintura, cuya cara recién vemos en el plano que sigue, cuando la cámara se acerca y revela el laberinto de estrías en el que el tiempo la ha transformado. Rímini sintió por primera vez que tenía una vida –tenía por fín la riqueza, la variedad, la complejidad, la sedimentación que siempre había buscado en vano en su propia experiencia y que veía florecer con la opulencia insultante en la experiencia de los demás, de cualquiera. Y exactamente en ese momento, cuando podía decir mi vida en voz alta, sin mentir, descubría también que ya no le pertenecía, que esa vida había quedado atrás y formaba parte del pasado y ahora, perdida, amenzaba con sepultarlo. Tenía una vida, pero la comprensión de esa evidencia podía matarlo. Como todos, Rímini había tardado bastante en entender de qué modo la enfermedad o las contingencias del mundo ponían término a las vidas de las personas. Ahora, a esas dos posibilidades –y tal vez todo el misterio del asunto residiera en que eran sólo dos-, tenía que sumar una tercera: el cansancio".




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