Sobre el destino del posmodernismo
Los dos párrafos finales del artículo La vida en el mundo posmoderno de Todd Gitlin no parecen condenar ni redimir a la cultura posmoderna. Pero la ponen en duda junto a su pueblo fiel: los Estados Unidos.
Ya en 1916, el crítico literario Randolph Bourne escribió que "no existe una cultura típicamente estadounidense. Al parecer esa es nuestra condición, ser más bien una federación de culturas". Hollywood, las cadenas de radio y la TV estropearon la cultura, pero aún queda algo de vida en la visión de Bourne. El posmodernismo, desde este punto de vista, está ligando el gran arte a lo estridente, cualidad irrespetuosa que acompaña a la cultura popular norteamericana desde sus orígenes. Y, de hecho, la contribución fundamental del arte posmodernista es que borra la línea -o la frontera- que separa lo superior de lo inferior.
El posmodernismo es un arte de la erosión. Hagamos el máximo de inactividad, dicen, y entreguémoslo con gracia. Este es quizá su rompimiento definitivo con el modernismo, que estaba conformado, sin importar sus prácticas subversivas, por una serie de declaraciones de fe: el futuro del arte geométrico del suprematismo, el presente de Joyce, el pasado insuperable de Eliot. Lo que no queda claro es si el posmodernismo, que vive de materiales prestados, tiene los recursos para seguir renovándose. Un automóvil sin generador puede servirse de su batería sólo hasta cierto punto. El posmodernismo parece estar condenado a ser un entreacto. Pero el tiempo histórico es engañoso para valorarlo. Los entreactos pueden prolongarse y ¿quién está contando? .




0 Comments:
Post a Comment